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"Los muertos se levantarán y caminarán por la tierra»"
Me percaté, durante mi aletargada búsqueda de algo para ver, de que he dejado un poco de lado mis raíces cinematográficas. Últimamente he estado más abierto a ver películas de todo tipo de géneros y directores, ejercicio que ha sido bastante ameno en lo macro, pero que también, tras un breve examen, me ha demostrado una enorme falencia: estoy nuevamente atrapado en las redes del cine estadounidense. Es cierto que soy un novato en este tema y que me faltan por ver tantos clásicos como hojas tiene un árbol que acaba de florecer en primavera, pero lo mío siempre fue ese lado del cine más putrefacto. Tripas, surrealismo palpable, atmósferas oníricas y mucha, mucha sangre. Y bueno, nada mejor para reencontrarme con mis cimientos que el gran Lucio Fulci.
Tan amado como incomprendido, Fulci es uno de esos directores italianos que nunca se preocupó demasiado por crear una narrativa completamente coherente; más bien, buscó plasmar su visión del mundo —según sus propias palabras— en las películas que dirigía. Para él no se trataba de ofrecer un simple espectáculo, sino de transmitir una filosofía de vida. Aunque es más conocido por su etapa dentro del giallo y el horror, lo cierto es que su filmografía es sorprendentemente variada: spaghetti westerns, comedias, fantasía e incluso erotismo. Existe una transformación muy evidente —porque no me atrevería a llamarla una evolución propiamente tal— en su estilo, que alcanza su punto más alto con la trilogía Gates of Hell, donde City of the Living Dead (o Paura nella città dei morti viventi)
representa el primer peldaño.
En el pequeño pueblo de Dunwich —una referencia a Lovecraft que Fulci decidió incorporar después de haber releído recientemente al escritor de Providence— un sacerdote se suicida, acto que abre las puertas del infierno y condena al mundo a un lento proceso de corrupción. Bastante sencilla, pero sólida, la premisa sirve únicamente como excusa para construir una de las piezas más evocadoras de toda la filmografía del italiano, solo superada, a mi juicio, por su sucesora, The Beyond. Aunque narrativamente tropieza al intentar construir un hilo conductor completamente comprensible, la idea central permanece intacta desde la primera escena: la muerte del bien conduce inevitablemente al caos. No es el simbolismo más profundo del mundo, pero Fulci consigue transmitir la idea de que cuando aquello que debería permanecer incorruptible finalmente sucumbe, el fin de la civilización tal como la conocemos resulta inevitable.
Desde ese momento la película se transforma en un ejercicio puramente audiovisual destinado a reforzar esa idea: personas que lloran sangre, cuerpos que expulsan sus entrañas por la boca, la descomposición física del ser humano hasta alcanzar su estado más impuro y la violencia como única respuesta posible. Nadie es inmune. Ni hombres, ni mujeres, ni ancianos, ni niños. Cuando el fin llegue, todos seremos sus víctimas. Este tipo de narración también tiene sus debilidades; quienes esperen una estructura clásica de tres actos probablemente no encontrarán lo que buscan. Esto es, más bien, una pesadilla trasladada al cine sin la menor intención de ofrecer refugio al espectador. Planos cargados de irrealidad, colores intensos y escenarios extrañamente vacíos consiguen que el peligro parezca acechar detrás de cada esquina.
Fulci no habría conseguido todo esto por sí solo. La orquesta alucinada de Fabio Frizzi —su gran colaborador y uno de mis compositores favoritos— añade ese pulso hipnótico que envuelve toda la historia con melodías que parecen emerger desde las catacumbas más profundas de la tierra. Me atrevería a decir que la película no funcionaría ni la mitad de bien sin su música, algo que seguramente el propio Fulci comprendía, razón por la cual volvió a trabajar junto a él durante toda la trilogía.
Un detalle que siempre me ha llamado la atención es el personaje interpretado por Christopher George. No porque esté mejor o peor actuado —como ocurre con buena parte del elenco, que termina siendo secundario frente a la propuesta visual—, sino por cómo cambia completamente su personalidad dependiendo del doblaje. En italiano se presenta como un hombre empático que intenta comprender lo que ocurre y apoyar al resto de los personajes; en inglés, en cambio, parece un cretino que pasa toda la película lanzando comentarios sarcásticos. Supongo que esto tendrá relación con la turbulenta relación que mantenía con Fulci, quien lo contrató principalmente por el atractivo comercial de su nombre. No es un detalle importante para la historia, pero siempre me ha parecido una curiosidad fascinante.
City of the Living Dead representa un comienzo admirable para lo que muchos consideran el magnus opus de su creador. No solo establece las bases del cine que Fulci desarrollaría durante el resto de su carrera —incluso cuando regresó a otros géneros—, sino que también demuestra que una historia no solo puede construirse con aquello que se dice, sino también con aquello que se muestra. Me alegra haber ampliado mis horizontes cinematográficos con los años, pero lo cierto es que aquí sigue estando aquello que realmente me apasiona.
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