Sunday, July 19, 2026

The Shining (1980), de Stanley Kubrick

  

"El horror lo esta volviendo loco."

Una de las películas más controversiales de la historia, al menos cuando se trata de las opiniones que despierta, y no solo entre el público o la crítica, sino también entre las propias mentes maestras detrás de ella. Stephen King, autor de la novela en la que se basa, la ha repudiado públicamente en numerosas ocasiones al considerar que carece por completo del motor emocional que impulsa su historia, además de retorcer a los personajes hasta convertirlos en el opuesto de sus versiones originales. Y, en ese punto, estoy completamente de acuerdo.

The Shining< tomó casi un año completo de rodaje, llevando a muchos de sus involucrados —especialmente a Shelley Duvall— al borde del agotamiento físico y emocional. No podía ser de otra manera, ya que la visión de <b>Stanley Kubrick</b> tenía que ser perfecta. Pero ahí está precisamente la clave: su visión de la obra. Kubrick toma un relato cuyos pilares descansan sobre el estado emocional de sus personajes y lo remodela hasta convertirlo en una experiencia profundamente sensorial. Su uso de cámaras fijas en espacios estrechos construye una atmósfera asfixiante que contrasta con los elegantes colores y la armonía arquitectónica del hotel, dando lugar a una experiencia casi surrealista donde resulta imposible distinguir con claridad qué es real y qué no. Esto se potencia con los constantes planos subjetivos que acompañan a los protagonistas, haciéndonos sentir como si camináramos junto a ellos por los interminables pasillos del Overlook. Los efectos de sonido son otro engranaje esencial de esta maquinaria infernal: desde el silbido helado del viento hasta los murmullos espectrales que parecen brotar desesperados de las paredes. Kubrick prefiere mostrar antes que explicar, especialmente cuando decide mantener las apariciones del hotel envueltas en el misterio, sin ofrecer jamás una respuesta definitiva sobre su naturaleza.

Todo ello tiene consecuencias sobre el argumento, que simplifica considerablemente a los personajes respecto de la novela. Jack ya no es un hombre esencialmente bueno que termina sucumbiendo a sus adicciones, al miedo al fracaso y a una tragedia imposible de controlar, aquí es un padre abusivo y un psicópata contenido, una bomba de tiempo destinada a estallar tarde o temprano. Wendy deja de ser la mujer fuerte que lucha constantemente entre lo que considera correcto e incorrecto y el amor por su familia para convertirse en una víctima que vive con el miedo en sus entrañas mientras intenta sobrevivir ocultando el miedo que la consume. Danny, por su parte, ya no representa el conflicto de un niño obligado a crecer demasiado pronto ni el temor hacia un don que apenas comprende, sino que funciona principalmente como un vehículo para potenciar los elementos sobrenaturales del relato y recordar constantemente al espectador que el peligro acecha en cada rincón del Overlook. Y sobre <b>Hallorann</b>, mejor ni hablar; probablemente sea el cambio más drástico —y también el más discutible— respecto de su contraparte literaria.

Todos estos cambios ayudan a comprender el rechazo de King e incluso podrían llevarnos a pensar que Kubrick jamás entendió aquello que el escritor quería transmitir. Sin embargo, no creo que sea así, al menos no por completo. Lo que ocurre es que estamos frente a una de esas adaptaciones donde el director toma la obra original como materia prima para moldearla según su propia visión artística, hasta convertirla en un producto nuevo que ya no necesita responder a su fuente de inspiración —algo que queda especialmente claro en su desenlace, mucho más coherente con las ideas de la película que con las del libro—.

 ¿El resultado funciona? Absolutamente. The Shining es una experiencia liminal de horror que no concede un solo momento de descanso, una película que bombardea constantemente los sentidos mediante imágenes que parecen surgir de una pesadilla y actuaciones capaces de mantener al espectador al borde del asiento. Eso no impide que muchos lectores de la novela —como el propio King— prefieran rechazarla por completo, y me parece una postura perfectamente válida. Pero, en casos como este, creo que lo más justo es dejar de enfrentarlas como si una invalidara a la otra. Son dos interpretaciones distintas de una misma historia, dos obras con intereses completamente diferentes. Ninguna reemplaza a la otra, simplemente dialogan desde esquinas opuestas. Y quien busque una adaptación mucho más fiel siempre tendrá la miniserie de 1997, escrita por el propio King.

A mi juicio, Kubrick logra materializar su visión caótica con una efectividad extraordinaria. Lo que sacrifica en profundidad dramática lo compensa con una puesta en escena de una personalidad abrumadora, sea de los actores o sus escenarios. Provocador, hipnótico y profundamente amenazante, consigue convertir al Overlook en algo mucho más inquietante que un hotel embrujado: una presencia viva, paciente e inevitable, que devora lentamente a todo aquel que se atreve a cruzar sus puertas.

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